Día 5 – La Isla Y Sus Reflejos

He despertado en el regazo del dromedario junto al pequeño lago del desierto.

Hoy no lo he pensado nada. Me he tirado al lago, de golpe. Agua cálida. No toco el suelo, es algo profundo parece. Hago unas brazadas, cortas, no da para más el lago, y entro al interior del lago.

El lago es todo y mucho más.

Cuando entro me encuentro un mar enorme, profundo, no veo el suelo y lleno de animales y flora marinos. Empiezo a bucear y bracear dentro del agua. Hay una luz intensa que me deja ver plantas de colores, peces de todos los tamaños y formas.

Miro hacia el agujero del lago, lejano ya, y el morro del dromedario mirándome. Creo que sonríe. Pero yo necesito seguir braceando dentro del agua y observar tantas cosas que pasan aquí dentro.
Muchos peces van juntos de un lado a otro y giran todos a la vez. El ritmo del movimiento de las plantas va en sintonía con los movimientos de los animales del mar. Más ritmo que en cualquier discoteca o guateque que he estado. El sonido en cambio es de un solo ritmo, una sola nota, o es lo que yo siento, lo que yo oigo.

Me giro hacia el agujero del lago. Pero ya no lo veo. Y yo sigo con una emoción incontrolada que no me deja parar de bracear.

Me he olvidado de respirar.

Y me doy cuenta que puedo seguir así. Branquias en mi cuerpo.

Sigo bajando o subiendo o recto. No lo sé. No veo ni el suelo ni el cielo del mar. Todo es inmenso. Y luminoso.

Peces luminosos aparecen a mi alrededor. Peces que emanan luz de todos los colores. Son decenas. Centenas. Millares. Y todos me rodean, se aprietan a mí y solo veo colores, ni siquiera a los peces que iluminan. Y entre todos me empujan y me transportan por el mar. Un viaje de colores.

De repente todos se dispersan y me dejan que me mueva por mí solo. Ya no colores. Han desaparecido todos.

Hasta encontrarme unas rocas con dos o tres casas, humeando por las chimeneas, un abeto a su lado, un camino y unas flores en primer término…como los dibujos de mi infancia.
Al fondo veo un hombre con unas ovejas pastoreando. Por la calle veo una niña con una pelota.

– Aloh, ¿sereiuq raguj a al atolep ogimnoc? – me dice la niña y que yo no he entendido.

Me tira la pelota y me imagino que quiere jugar conmigo. La cojo y se la devuelvo. Y ella repite tirándomela. Y así repetidamente un par de veces más.
Hasta que aparece una sirena a mi lado, que me mira fijamente.

– ¿Nèiuq sere? ¿Éuq secah ìuqa? – me dice y tampoco entiendo.

La pelota choca con mi cabeza y me deja atontado, desmayado.

Despierto flotando en el agua, junto a unas rocas. Una chica me esta mirando y se ofrece a ayudarme a salir del agua.

– ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? – me dice la chica que se parece a la sirena.

Estoy en una isla con dos o tres casas, humeando por las chimeneas, un abeto a su lado, un camino y unas flores en primer término…como los dibujos de mi infancia.
Como el pueblo que acabo de ver en el interior del mar.
Al fondo un hombre pastorea una ovejas y una niña con una pelota se acerca a mi.

– Hola, ¿Quieres jugar a la pelota conmigo? – me dice la niña.

Uno es el reflejo del otro. O el otro es el reflejo del uno.

Me tiro al agua y empiezo a bracear velozmente hasta encontrarme el agujero del lago. Llego medio ahogado, no me queda respiración. Vuelvo a ser un hombre sin branquias.

Fuera me encuentro al dromedario, sonriente.

– ¿No te dije que este lago es más especial que el oasis verde que lo rodea?

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