Día 15 – Neleha Y Berta

La ciudad hospitalaria está rodeada de montañas y en la cima de cada una solo hay una casa.
He subido a una de ellas.

Tras una pendiente muy alta me he encontrado con un jardín enorme lleno de plantas de todos los colores y aromas.
Sentada, mirando las plantas, hay una niña, Berta.
Son sus plantas.
Y también me ha enseñado su espacio para sus molinillos que tenía plantados como si fueran flores y que solo esperaba que hiciera mucho viento para verlos rodar y rodar todos a la vez y todos los colores a la vez.

Tiene grandes y pequeños, de color rojo, amarillo y naranja como el Sol, y de color azul, verde y lila como la mar. También tiene de chillones como el arco iris y como un ramo de flores de su jardín en primavera.

Lo que ella no sabe, pero yo si, es que los molinillos habían arraigado y que chupaban la esencia de su presencia, que se alimentaban de la savia de sus pensamientos, de cada sonrisa, de cada ilusión de Berta.
Ella no se da cuenta pero los molinillos van creciendo un poco cada día cuando ríe, y un poco más cuando juega, y un poco más cuando se emociona como el otro día cuando encontró el juguete que perdió.

Una tarde de noviembre, el viento hizo de las suyas. Subió con fuerza por la montaña cogiendo más impulso cada vez que subía más arriba y se acercaba a casa de Berta.
Tan fuerte era el viento que arrancó uno de los molinillos que giraba a una velocidad casi cósmica.

Berta sólo pudo ver desde su ventana como se alejaba sin remedio.

Unos cuántos días después, muy lejos del jardín de Berta, allá donde el cielo es muy azul y la mar no se ve o es de arena, llegó volando suavemente el molinillo.
Llegaba rodeado de una nube de polvo amarillento, de aquel que la brisa arranca de las dunas.

Neleha, una niña que vive en el desierto y cuida de los camellos de su tribu, sale de su casa todas las mañanas para ir a buscar agua.
Sus pies desnudos no habían dado todavía dos pasos cuando el molinillo decidió acabar su largo viaje y pararse justo en las manos de Neleha.

Ella no duda ni un instante.
Corre a la parte de atrás de la casa, allá donde entierra sus tesoros, y planta decidida el molinillo haciendo un agujerito en la arena con sus dedos resecos.

¡Qué bonita que es!
Parece una flor como la que ve en los libros de la escuela.
Ella que tanto había deseado tener un jardín…
Piensa en mirarlo cada día, en explicarle sus sueños y cantarle canciones.
Y así lo hace cada día.

Y el molinillo crece un poquito cada día.

Y ha arraigado y con tanta fuerza que las raíces se reproducen y nacen nuevos molinillos.
Molinillos grandes y pequeños, de color rojo, amarillo y naranja como el Sol, y de color azul, verde y lila como la mar.

Neleha y Berta no saben que tienen una cosa en común.

Quizás las raíces de sus molinillos algún día lo sabrán.

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