Día 16 – La Carrera Del Notario

He bajado la montaña al trote por la ladera rocosa.

Al llegar a la llanura he seguido corriendo. Por impulso. Por un camino arenoso entre campos amarillentos de naturaleza seca.

Corro a un ritmo tranquilo y aprovechando el aire fresco que me da un placer especial que me recorre todo el cuerpo.
El paisaje se ha transformado del amarillo al verde de bosques frondosos y ruidosos. Llenos de animales me imagino.
Pero el ruido aumenta de sonido.
Y se me cruzan seis gacelas, tres ñu, dos cocodrilos, cinco conejos y un guepardo.

Al poco un águila imperial en descenso veloz hacia la carrera animal que me cruzó.

Pero el ruido es un rumor, son voces y griterío de personas que no veo hasta que hago una curva cerrada y ciega donde me encuentro a decenas de personas en los laterales del camino, gritando, gritándome, vitoreándome, aplaudiéndome.
Animándome con frases alentadoras.

-¡Tú puedes!- -¡Los tienes cerca!- -¡Campeón!- -¡Eres el mejor!- -¡Todos contigo!- ¡Eres nuestra esperanza!

Un grupo de personas me ofrecen botellines de agua y esponjas mojadas.
Me mojo con la esponja.
Me tomo un gran sorbo del botellín y acelero el paso porque no puedo quedar mal después de estos deseos que tienen estas personas por mí. Han dicho que soy el mejor y no puedo defraudarlos.
Y que soy su esperanza.

Acelero todo lo que puedo.

Adelanto a un grupo de tres corredores. Otro grupo de dos. Uno multitudinario, apelotonados. A seis solitarios. El águila imperial nos sobrepasa con una gacela en su pico. Adelanto un grupo de cuatro y otro de dos.
Adelanto a un grupo de cinco conejos que siguen a un guepardo que también adelanto.

Llego a un corredor solitario que no me deja adelantarlo. Va descalzo y es calvo.

Pasamos los dos juntos por otro grupo de animadores.

-¡Vosotros podéis!- -¡estáis cerca!- -¡Campeones!- -¡Sois los mejores!- -¡Todos con vosotros!- ¡Sois nuestra esperanza!

– No os quedéis mirando. Soy un lobo, no lo niego, pero me han obligado a morder… – susurra el corredor descalzo y calvo.

Y yo que pensaba que me querían a mí.

Javier, así se llama, es Notario. Tiene dos hijos, me ha enseñado una foto, que son tan altos como él. Su vida es como la de un feriante, ahora aquí, después allá y en otro tiempo en acullá, conociendo culturas, gentes, hablares y amigos. Esos amigos que encuentras y se van cuando menos quieres que se vayan. Corre descalzo, a veces, por naturalidad. Es imaginativo y realista. Y comparte amor y humor con la madre de sus hijos que son más altos que ella, también. Le gusta ir a la playa corriendo desde la montaña donde vive. Le gusta la vida y odia la injusticia y la usura. Es un buen amigo.

– Sería una temeridad para una persona sin tolerancia ingerir más. – me contesta cuando le digo de tomar otra copa de vino en la terraza que hemos parado.

Se ha levantado y ha seguido la carrera. Dice que quiere llegar a la meta. Y sabe que será el último.

Yo seguiré tomando una copa de vino más, por Javier. Y por el dromedario, por Paúl, por Berta, por la Capitana y por tanta gente que aún he de conocer.

– …y que se le administren los tratamientos adecuados para paliar los sufrimientos. – dice en mis voluntades anticipadas ante Notario.

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